Las alas del deseo vuelan más alto que el propio cielo; me encuentro al fin ante la redención y la más absoluta liberación. He atesorado un secreto para volar más alto de lo que cualquier sustancia jamás podría otorgar.
He visto la luz, una ingente y cegadora presencia, y ante ella no cabe la duda: una vez que se contempla, solo queda perseguirla hasta hacerla propia. El vagar implacable del tiempo, la sombra de la tristeza, la melancolía, la frustración, la cobardía y la debilidad no fueron tropiezos vacíos, sino los trazos de un mapa necesario. Desde la persistencia de quien sabe lo que busca, cada intento fallido se convirtió en la maestra suprema: la experiencia.
Lo vivido ya no discurre como un enigma pasajero; se ha transitado, se ha comprendido y se ha integrado. Las buenas circunstancias descienden por fin, nítidas y palpables, dotándome de una seguridad y una libertad indomables para remar sin autoengaños hacia aquello que siempre quise.
Esa luz cegadora me ha atrapado en su órbita, guiándome con pulso firme hacia un buen puerto. Hipnotizada por su fulgor, siento el corazón latir con la fuerza titánica necesaria para desafiar cualquier abismo.
Por fin, el tan ansiado momento.
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