viernes, 6 de marzo de 2026

713_ con unas breves instrucciones hecho por IA

 

​Él estaba ausente, metido en su propia sombra como todos los días, mientras el sol caía con su fuerza más implacable sobre la playa. En ese rincón del mundo, todo se reducía a un haz de luz dominante que parecía concentrarse en un vértice mínimo; un instante donde solo el primer segundo era el que realmente contaba, como si en ese brevísimo lapso se estuviese realizando la vida entera. Era ese punto ciego donde de pronto dejas de pensar, miras alrededor y no ves nada más que un vacío descomunal, un estado donde nada tiene valor fuera del segundo exacto que detiene tus pupilas. Se hundía en la idea de que estaba confuso en su día a día, atrapado en una bruma que no lo dejaba salir de aquel juego de la mente, una arquitectura tan imaginaria como irreal, pero al mismo tiempo tan real como el pulso que le recordaba su encierro.

​No lograba escapar del presente; allí se inclinaba y allí hacía su vida, aunque nada de lo que hacía le parecía merecedor de ser retenido. Estaba habitado por un presente ausente, un pasado y un futuro sin capacidad, desprovisto de fuerza para hacer algo más allá de lo que ese segundo estático le permitía a sus ojos. De repente, en mitad de esa soledad permanente, nació una campanada. Como si fuera un ave fénix surgiendo de un milagro, el veril de la existencia se volvió total, una claridad absoluta que nacía del abismo. Fue un segundo tan difícil de retener en la mente como lo sería el intento de revivir la historia entera, algo ajeno y misterioso en la imaginación de lo más mundano, pero que asimilaba lo más profundo de su ser como algo perpetuo.

​Al final, después de tanto consumo interno, brotó un sentimiento arrollador que pertenecía a la misma y etérea llama de la vida. Fue allí donde la técnica de existir confluyó con los segundos, transformándose en tres noches que daban vida a un solo resplandor, una luz soberana que unía al sol y a la luna en un mismo destello. Lo maravilloso fue ver cómo confluía en un solo segundo la eternidad misma, revelando su aleatoriedad y elevando, por fin, la condena hacia la salvación extrema de todo su ser.

​El tiempo dejó de ser una cadena para ser un ala.

El hombre que habitaba el vacío se convirtió en el faro,

donde el silencio ya no era ausencia, sino el eco de un mar infinito.

Allí, donde el sol no quema y la luna no se apaga,

se grabó en sus pupilas la verdad de lo que no muere:

que somos el instante que se atreve a ser eterno.

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