Me perdí en senderos de una profundidad inmensa, insostenible, allá en dónde nadie buscó. Me pregunté, sí claro otra vez de ti, dama y doncella. Pero ahora estaba tan ausente y abstraído que no podía siquiera mover ninguna extremidad del cuerpo, recostado en mi lecho, el miedo era de tal magnitud que mí respiración era inconstante y nerviosa, casi rozando la ansiedad. Recé a ese Dios y no obtuve respuesta alguna, salvo que me sentí con si cabe, un poco más de tranquilidad y sosiego, pero notaba la respiración exacerbadamente y me sentía molesto en todo momento. eran las tres de la madrugada. La sensación es de que me pudiesen oír la respiración, movimientos, esas paranoias que son propias de la demencia de las ramas verdes de los árboles. Pensé entonces que te había querido con toda mí alma, y tú eras la responsable de todo lo que me hacía, y hace feliz. Por una parte me abruma saber que me conoces mejor que yo a mí mismo. Llevamos tres años juntos, sí muy pocos, pero suficientes para saber que te deseo en demasía. Algunas veces nos damos a probar nuestros frutos del cuerpo, contigo es algo más, aunque con cierta vergüenza, te quiero y no sé cómo dejar de quererte. Pero tú me marcas todos lo límites bien claros, yo soy caos y tú la mismísima mujer, con la que deseo envejecer, sí a tu lado, sin complejos, sin alzar la voz, y un beso tuyo valdrá para sanarme.
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