Treinta años, para romper el papel albal
me ahogaba y calcinaba la vida en toda su totalidad
entregado al fracaso, la discriminación, la desilusión
y el malestar del no poder superar, no tenia futuro
estaba cabizbajo, destruido, derrotado
y mil demonios corrían por mí interior
la vida a contra-reloj, por milésimas de placer
ya había asimilado, que moriría en cualquier lugar
tirado, solo, abrumadoramente carcomido por la soledad
Silencio, una estrella del cielo, me iluminó
comencé a creer, en que quizá podía hacer
algo de mi vida, silencio, fue una estrella fugaz
en toda mi vida, cuarenta y seis años de angustias
jamás había observado una, la tan fugaz, valga la redundancia
tan radiante, esplendorosa, desprendiendo tanta belleza
que si Dios existiese, lloraría con lo que me hizo sentir
ahí en mis adentros, un corazón emocionado y perplejo
En una batalla cruel, despiadada, de magulladuras y de cicatrices
durante siete años más, libre con valentía, dando mi vida en ello
siete años se dicen muy pronto, pero asegure mí victoria
la gente parecía observarme de otro modo más dócil
sin saber cómo realmente, salvo echarle agallas, coraje y mucha dignidad
logré vencer, y recordé mi juramento del sentimiento apoteósico
que me iluminó aquella noche, plantando una semilla en mis latidos
y nació una flor, después con cincuenta y tantos, fui entendiendo el mundo
me adapté, lo observé detenidamente, y a pesar de todas sus injusticias
Apareciste tú, Erica.
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