Nota autor: y es relevante de forma evidente, decirse algunas veces, " tranquilo, lo importante es estar tranquilo con uno mismo, ni eufórico, ni en agonía". Estamos aquí, para vivir.
Coherencia del Ser
Toda la vida es un aprendizaje. He comprendido que intentar ser uno mismo —o buscar obsesivamente el autoconocimiento— no es un destino al que se llega, sino el camino mismo que se recorre cada día. Nada es estático.
He aprendido que, para convivir sin sufrir, necesito una "careta" social, pero he entendido algo vital: "esa máscara debe ir en sintonía con quien soy por dentro". Si intento fingir ser alguien que no soy, si mi cara pública oculta radicalmente mi individuo, lo pasaré mal. La mejor careta no es la que engaña, sino la que es lo suficientemente parecida a mi esencia para que no me duela usarla. Esa careta es, simplemente, el "respeto": no molestar si no conozco, no dejarme molestar, y saber mantener la calma. Pero respeto no significa sumisión; si hay un problema, hay que solucionarlo, no evitarlo ni obviarlo.
Mi trabajo es un proceso continuo: observar mis límites, corregir lo que no me gusta de mí y conocerme cada vez mejor. Solo cuando sé quién soy realmente, puedo alinear mi "yo social" con mi "yo individual". Así, cuando salgo al mundo, no siento que estoy actuando, sino siendo.
No me mueve el materialismo. Un objeto solo tiene valor por su utilidad, no por lo que dice de mí ante los demás. Mi refugio es mi familia: esa piña incondicional con la que he aprendido que no tiene sentido vivir con miedo al futuro o a la pérdida, porque la vida son dos segundos y el presente es lo único real. Mis padres no saben todo de mí, y esa distancia es mi forma de proteger nuestra paz.
He aprendido que no puedo ser una isla. Aunque valoro mi soledad y mi mundo interior, también necesito nutrirme. Busco la resonancia: amistades que hablen mi mismo lenguaje, gente con la que compartir arte, pensamiento y momentos de pausa. Sin esa conexión, el camino sería demasiado silencioso.
Sobre mis decisiones y los placeres que otros juzgan —incluso los que algunos llamarían adicciones—, mi postura es clara: "¿qué más da?". No sé ni cuándo ni dónde moriré, y la idea de que mañana podría ser el último día es mi premisa para vivir, cuando decido probar esos placeres, para mí no tan supérfuos. Si elijo estos caminos, es para habitar este presente con una intensidad que de otro modo me sería esquiva. Acepto los efectos secundarios de mis elecciones como parte del trato por ser libre y por permitirme pensar y crear con una lucidez que es mía.
Aprendo cada día a no desbordarme, a no dejar que "se me vaya la olla" cuando estoy con otros, porque mi objetivo no es el riesgo, sino la verdad. No busco ser otro, busco ser yo, aceptando que siempre seré un aprendiz. Vivo para mí, para los míos y para este segundo que tengo entre las manos, sabiendo que, con todos mis errores, todas mis grietas y todo lo que aún me queda por entender, soy yo quien decide cómo habitar este breve instante.
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